No es la primer vez que os hablo de las clases de natación de mis hijos.
Dos días por semana, repito, dos días por semana, tooodas las semanas de tooodos los meses del largo, larguísimo curso. Nada más y nada menos. Más de ochenta veces preparando las mochilas el día anterior, organizando las meriendas, corriendo de acá para allá, sudando en el vestuario (dios, qué horror el momento vestuario), poniendo bañadores, colocando tapones, ajustando gafas, saludando por el cristal, buscando chanclas en objetos perdidos, deshaciendo mochilas, lavando bañadores, tendiendo toallas... Todo multiplicado por dos.
Un infierno en vida.
Pero entonces llega el verano y ves como tus dos micos se tiran a la piscina sin miedo, disfrutando del agua y nadando cual pececillos, y tu mente hace un flasheado que te obliga a reconocer lo que es, sin duda, evidente: el esfuerzo merece la pena.
Un infierno en vida.
Pero entonces llega el verano y ves como tus dos micos se tiran a la piscina sin miedo, disfrutando del agua y nadando cual pececillos, y tu mente hace un flasheado que te obliga a reconocer lo que es, sin duda, evidente: el esfuerzo merece la pena.


