Hace un par de semanas, gracias a Madresfera, la marca Philips Avent nos invitó a una fiesta por su 30 aniversario. Qué majos! No faltó de nada, picoteo, tarta, charla con amiguitas blogueras, hasta regalitos para todas!
Yo sé que Philips Avent tiene unos biberones y chupetes fantásticos, e incluso un nuevo vaso de aprendizaje que me dejó enamorada perdida, pero a mí es que es oir la marca y entrarme unos sudores fríos incontrolables...
Todo por culpa de su intercomunicador, su escuchador, como nosotros cariñosamente le llamamos y su bidireccionalidad.
Imaginadme en la habitación del enano en completo silencio intentando dormirle o cambiarle sin que se despierte. Imaginadme a mí, que soy de susto más que fácil, y entonces imaginad también unos ruiditos sobrenaturales apoderándose del ambiente... Una combinación más que explosiva!
Ahora imaginad al padre de las criaturas en otra habitación, interfono en mano, muerto de la risa porque sabe que en esos momentos estoy al borde del infarto de miocardio, con el corazón en la boca y todos los pelos del cuerpo de punta...
La de veces que habré tenido que reprimir alaridos de terror...
¡Invento del demonio!



















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